mamushkas

Un archivo

El archivo es una de las prácticas artísticas de mayor proliferación dentro del arte contemporáneo. Es tal vez, una de las respuestas posibles a la pregunta de qué hacer con una cantidad sobrecogedora de imágenes.

La práctica archivística, con su rigor formal y su coherencia estructural, se ha transformado en un lugar fértil para la revisión teórica e histórica de las imágenes. También, con su capacidad de consignar lo que hay, se ha transformado en un herramienta para mapear lo desconocido. Para volver familiar y cargado de sentido lo que aparece como desconectado y ajeno.

Como sistema discursivo, el archivo establece nuevas relaciones de temporalidad entre pasado, presente y futuro, otorgando al presente el papel fundamental de definir y dar forma al pasado, como así también, anidando en el presente la promesa de un futuro donde el material que compone el archivo se revele en toda su importancia. El archivo se convierte así en un suplemento mnemotécnico que preserva la memoria y rescata del olvido.

El archivo es el acto de recordar.

Una madre

El principio de agrupamiento que rige este archivo fue elegido por Carla Lucarella desde muy pequeña: todas las fotografías de una niña que llega hasta joven mujer y luego desaparece. Todas las fotografías de su madre.

Carla detecta rápidamente lo que los teóricos dicen con rodeos, que siempre falta una imagen, y mira sin descanso, durante decenios, las fotografías de Rosa. Es verdad, no son muchas, no hay Rosa bebé, no están los padres de Rosa, tampoco hay una Rosa madura, pero lo que “Sí Hay” es hipnótico, no sólo porque ella era hermosa, o porque encarnara a la perfección a la joven madre muerta, sino porque sin posibilidades de explicación, Rosa había logrado desarrollar una relación íntima y secreta con el acto de ser fotografiada… como quien deja un testamento visual, o más radical aún, como quien se hace una máscara mortuoria antes de morir.

Carla Lucarella podría haber tramitado la ausencia de su madre (y todas sus particularidades) de diferentes maneras: teniendo una hija para tener una madre y/o criando una obra para volverse madre ella misma. En la opción elegida por Carla las cosas se mezclan y se permite que dos pulsiones como Conocer y Sentir, muchas veces contrapuestas, coexistan.

A la pulsión de entender y conocer, Carla le responde haciendo lo contrario a lo esperado: vuelve extraño lo familiar, ordena, objetiviza, aporta información, no da nada por sentado, ningún parentesco, ninguna semejanza. Busca un piso firme más allá de la oscuridad de la proyección doméstica. A cada foto le corresponde un lugar en un orden cronológico que le antecede, Rosa vivió 26 años, y son esos 26 años los que se despliegan, aún cuando no haya fotografías en las que apoyarse.

A las fotografías existentes se las tratará con meticulosidad: cuándo, dónde, con motivo de qué, quiénes más aparecen, y sobre todo, quién sacó la foto… a quién es que Rosa le encomendó su imagen.

Por su parte, el abordaje de la pulsión de sentir no teme a ningún tipo de magia y “anima”, vuelve a la vida, al movimiento, lo que había sido fijado de una vez y para siempre. Carla, literalmente, le devuelve la respiración a su madre.

Además, hay un lugar en el que las dos pulsiones son resueltas al unísono, ese lugar es el texto con el que Carla alumbra la serie, datos puros y duros, frases repetidas tal cual se las dijeron y una sensibilidad de niña que se hizo fuerte. Todo lo que hay y todo lo que no hay se condensan en el tono de ese texto.

Conocer

El trabajo tiene una coda compuesta por la puesta en abismo de las mamushkas, Carla niña (ya tan parecida a su madre), Carla a la edad de la muerte de Rosa, y finalmente Lara, la hija de Carla a la edad en que Carla se quedó sin madre.

Lo que queda cierra temporalmente el ciclo. Como cuando llega la primavera y guardamos las mantas del invierno, sabiendo que pronto las sacaremos de nuevo. Porque las necesitamos.

Lorena Fernández 2017

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